Premios Max

inicio

| Conoce los Premios Max

Estás en » Premios Max » Conoce los Premios Max » Historia » Ficha_candidato

Historia

Foto de José Tamayo © Gonzalo Martínez

José Tamayo

Ganador
V Edición - 2002

Vino a Madrid en los cincuenta, procedente del Teatro Español Universitario de Granada y enseguida se apropió de una musa y un teatro romano. La musa era María Jesús Valdés, actriz rubia y lírica que luego dejó la escena para casarse con el médico de Franco. Ahora ha vuelto. El teatro romano era el de Mérida, donde Tamayo ponía funciones que estaban entre los griegos y los romanos, generalmente en versión de Pemán, que acababa haciendo una orgía gaditana de aquel jaleo histórico, con lo que los adolescentes de entonces nunca supimos distinguir a Sófocles de Julio César, pero al menos teníamos Humanidades, aunque algo liosas. Ahora ni eso.

Era lo que el Régimen le dejaba hacer a Tamayo. Mucho griego censurado y un poco de Paco Rabal, el galán joven, la flor de Pompeya, el macho de Siracusa, el centurión que las ponía cachondas. Tamayo se inventa a Rabal, a la Valdés, como ya hemos dicho, a los clásicos, a los griegos y a los romanos, a los yanquis y las vanguardias, a los viajantes de comercio, los alcaldes pedáneos de Lope y los follones sacramentales de Calderón. Tamayo, en fin, se inventa el teatro en España, cuando ya no había.

Pepe Tamayo, este Pepote simpático, gritador y sonriente, siempre como un sacacorchos gordo en torno de sí mismo, conserva una energía vital y profesional que se le vuelve gestualidad, autoridad, amistad y complicidad. […] Lleva desde 1946 apuntalando sueños, inventando mundos, dando cauce a la palabra sabia y mágica del teatro, al endecasílabo de los clásicos y a la prosa dura de Bertolt Brecht.

–Cuántas cosas, Pepe.

–Cuántas cosas, Paco.

Fue dúctil y sabio con la censura, jugó al posibilismo, les daba un Fuenteovejuna a cambio de un rojo y un Buero Vallejo a cambio de una legión romana de Pemán. Salvó el teatro de la desertización de la posguerra y eso es lo que más le debemos y le agradecemos, aparte de que lo hizo bien, muy bien, y no sólo para llenar un vacío, sino para recorrer el mundo sin tanta gloria como aquel Real Madrid pentacampeón, pero casi.

¿Y cuándo la censura se ponía muy borde, Pepe?

Una zarzuelita. Cuando la censura se ponía muy borde, he aquí la rosa de percal de la zarzuela. Así es como ha llegado a una Antología de la zarzuela que es algo muy parecido al teatro total que soñaba Wagner, sólo que con chuletas madrileños y flores de verbena muy glosadas por los organillos de Lavapiés. La zarzuela era una cosa de mis tías, Pepe, y tú conseguiste que me gustase. Ya ves. Incluso al ministro Solana le gustaba tu Verbena de la Paloma, que una vez vimos juntos y salió deslumbrado. Ya ves. Ya veo, ya. Pero pasaban los tiempos, avanzaba el mundo y Pepón Tamayo se atrevió con Arthur Miller, Muerte de un viajante, nuevo neorrealismo norteamericano. La obra era ya una denuncia del capitalismo invasivo, de la ociosidad culpable de los hijos (culpable el Estado), de la destrucción de las clases medias por las multinacionales y las hormigoneras, pero aquí se leía como la historia de un pobre hombre soñador que nunca llegó a tomar contacto con la realidad. Además, como pasaba en Estados Unidos, que eran los fétidos demócratas, pues hale.

Visto el entonces desde hoy, parece milagroso lo que consiguió Tamayo. Nos trajo el teatro del mundo y además lo hizo muy bien, lo dignificó. Tamayo, como director, es un vanguardista moderado que ha educado a los españoles en la nueva estética, en las plurales posibilidades y posturas del teatro del mundo. Todo esto le costó mucho pacto con el poder, pero al final siempre ha hecho lo que ha querido.

Su secreto estaba en que las obras más peligrosas y famosas del teatro moderno tenían que gustar al público español, y el público era el que respaldaba la aceptación de ese teatro/mensaje, con lo que resultaba más difícil para los gobiernos de Franco cerrar un local o suspender unas representaciones.

Por eso Tamayo difundió siempre una vanguardia con buenos modales, fue formando a los espectadores en la plástica novísima, pero sin asustar, sin jugar al escándalo ni a echarle un pulso al Poder. Hubiera perdido el pulso y la libertad condicionada.

Así es como fue dejando en paz a los griegos, romanos y otros antiguos en sus secarrales de Mérida, con las cabras y las viejas piedras del Imperio, en tribu abandonada y olvidada. La gente ya no iba a Mérida a ver una de romanos sin sospechar que eran griegos.

La gente ya no iba a Mérida, Pepe, a ver una de romanos.

¿Qué tal Pemán?

Sabía como venderle al Régimen las cosas invendibles.

Tamayo es remoreno, con ojos de risa y risa de hombre feliz que siempre está celebrando su cumpleaños. Tamayo es un maestro del teatro que ha creado actores, actrices grandes y pequeños. […]

Tamayo tiene un bigote grande y negro que parece pegado, como el de Groucho Marx, y esto hace más entrañable su persona. Los trajes nuevos se le enrollan al cuerpo como túnicas y es el eterno glorioso desplanchado de todos los estrenos. Tiene manos de amigo y risa de champán, todo el champán que no se ha bebido. Es fuerte y muñecón, nunca se sabe lo que está pensando, pero la simpatía vital y la energía profesional laten en él como un corazón gigante.

Tiene cejas muy espesas, anchas y dibujadas, un poco diabólicas y quizá en las cejas y los ojos brillantes, demasiado brillantes, esté el demonio interior que engañó a Franco, a Carrero Blanco y al público con el veneno de su teatro y el pecado de sus heroínas.

Miller, Brecht, Buero, Lope, la zarzuela, Valle-Inclán, etc. Recuerdo todas sus puestas de Luces de bohemia, siempre superiores a lo que ha venido después, incluido él mismo. El Max Estrella de Carlos Lemos era Max Estrella. El Don Latino de Agustín González era Don Latino. La obra más anarquista y destructiva del teatro español, la que pide una guillotina eléctrica en la Puerta del Sol, la hizo pasar Tamayo por el ojo de aguja de la censura, como pasa un camello.

Los jóvenes directores vanguardistas nunca han hecho esta gran obra como Tamayo. Nos han dado un Madrid berlinés que nada tiene que ver con el Madrid "absurdo, brillante y hambriento" de Valle. No saben que Madrid también protagoniza la función y tiene que estar ahí, no como una fábrica alemana ni como una transparencia malamente impresionista, sino como un espacio escénico concreto, pues ya dijo Valle que "la escena crea la comedia".

Sólo Tamayo inventó una escena y un escenario (aquel Café Colón) que sabían a Madrid de principios de siglo. Tamayo entendió y entiende que la vanguardia de esta obra está en el lenguaje, en el ritmo, en la intención, en la mala intención, en el modernismo, el simbolismo y el esperpento, no en las máquinas teatrales de feria digital.

Tamayo lo hizo muy bien porque amaba y ama Madrid. Esta obra, que Haro Tecglen entiende como la más importante del teatro español, hay que hacerla desde Madrid, sin intentar una berlinización brechtiana de los viejos barrios y los bajos fondos. Esto nunca lo entendió Lluís Pasqual, ni quiso entenderlo, y parece que jugaba a desnaturalizar la función. José María Rodero, mi viejo amigo, era un actor gótico genial, pero tampoco llegó a entender a Max Estrella, que es Alejandro Sawa, que es Valle, que es el hombre revolté, el anarquista con malos modales, el que quiere suicidar España para sacar otra España, un pensador que va mucho más lejos y viene mucho más cerca que todo el 98. Los Montesinos, Laínes y Salinas que han querido entender a Valle como hijo pródigo del 98 se equivocan piadosamente, pero la trayectoria de don Ramón, del modernismo y el simbolismo a la acracia y la violencia, del carlismo a Bakunin, de Carlos VII a Lenin, no tiene nada que ver con aquellos arbitristas moderados, hijos literarios del institucionalismo. Esto, que no han sabido ver nuestros grandes profesores, lo vio Tamayo con un prodigioso clariver en el que pone su propia personalidad y circunstancia de hombre existencialmente ahogado, reprimido, constreñido por la España de charanga y decreto-ley, de pandereta y fusilamiento. Su moral no era la moral del BOE y por eso hoy rendimos homenaje, con esta semblanza de periódico, a la "tristeza que tuvo tu valiente alegría". Y luego, o antes, pone Divinas palabras, persuadido ya en sus convulsos interiores de que Valle Inclán es el autor más grande del teatro español. La gran ciudad, Madrid, y la geografía soñada, popular y mágica de Galicia. Divinas palabras es la rebelión de la carne, la libertad en carne y alma, Mari Gaila, contra las "divinas palabras" de la Iglesia latina, las latinas palabras con que el cura o el sacristán, dueños de las palabras de la tribu, someten a los labriegos y miserables milenarios.

Tamayo ha entendido estos mensajes, descifrado estas cifras, pero tiene la elegancia y la astucia de no poner las cartas sobre la mesa, sino que monta casi una zarzuela metafísica entre la zanfoña galaica y el esperpento de Goya. Es una cosa pastoril a la inversa. Así lo entiende aquel Gobierno Negro, aquella censura tórpida, aquella gente, pero el público más sensible de Tamayo, siempre mucho, sabe que el cuerpo desnudo (un desnudo imaginario) de la Mari Gaila es la rebelión de los cuerpos gloriosos, celestiales, contra el lucifer condecorado del Vaticano o del Pardo.

A Nati Mistral se le salía un seno en la escena clímax, caído se le ha un clavel. Pero sólo en el estreno para estrenistas e intelectuales orgánicos. Estamos hablando de los 60/60.

¿Te acuerdas que se le salía una teta, Pepe?

Y qué disgusto con la censura, Paco.

La teta se quedó sólo en el estreno, ya digo. Pero era una teta simbolista que nos estaba dando todo el "cuerpo soltero" de una mujer. La censura, a veces, hace simbolismo sin saber lo que hace. La teta izquierda de Nati se volvió mágica, fetiche, metáfora, se puso en valor como la primera respuesta de la carne mortal al infierno inmortal y los generales mostrencos y los noventa ministros de Franco.

Qué cosas, Pepe, qué tiempos.

Qué tiempos, Paco, qué cosas.

¿Es que este señor no se merece un homenaje y una semblanza? Su lucha por la libertad, que le viene de una radicalidad visceral, endógena, fue siempre una anarquía con buenos modales, como la de Marcel Proust. Parecía que estaba jugando con colores y formas y en realidad estaba cambiando la sensibilidad española.

Los estetas es que son así.

Francisco Umbral

 
Premios Max

  © PREMIOS MAX, ESPAÑA