Teatro en femenino: Día Mundial de la Mujer

Teatro en femenino: Día Mundial de la Mujer

Con motivo de la celebración del Día Mundial de la Mujer, nos adentramos sutilmente en la dramaturgia en femenino de los últimos años

La historia del teatro, como la historia de la humanidad, es en gran parte la “historia de los hombres”… Son ellos, los hombres, quienes cuentan las historias, quienes las protagonizan, quienes las perpetran. Mientras tanto, las mujeres generalmente han sido la comparsa, el medio, un estorbo, una tentación, una maldición… han sido maltratadas, sometidas y han provocado guerras. Sabinas a las que raptar sin llamarlo violación. Aún Medea, Antígona, Lisístrata o Fedra, mujeres fuertes, decididas, implacables, poderosas, perpetraron ideales de desequilibrio mental, de rebeldía o de vicio, como luego Ophelia, Cordelia o Lady Macbeth, aunque los ejemplos aquí sean lo de menos. La locura desbocaba a esas mujeres, se ocultaba detrás de su potencia… y ese magnetismo las convirtió en hechizeras, brujas, lamias, villanas. Justificaciones para el comportamiento sexual del hombre, para dar rienda suelta a instintos animales que hablan de dominación, de miedo. Porque el poder en una mujer siempre ha parecido una amenaza, e incluso en torno a eso se construye la cultura de lo sexual en nuestra civilización, con la prostitución sistemáticamente perpetrada como último eslabón. Mírame, con texto de Susana Torres y estrenada a finales de 2016, hurgaba en esa herida: una alta ejecutiva se enfrenta a su violador, que trabaja para ella y hacia la que tiene una pulsión que trasciende lo puramente sexual y tiene más que ver con el (des)equilibrio de poderes. Y en una línea parecida tenemos Consentimiento, texto original de Nina Raine adaptado a nuestro teatro por Magüi Mira. Andrés Lima, por su parte, ponía la mirada en el mundo de la Prostitución en la obra del mismo nombre, exponiendo al público, a todos los hombres que de un modo u otro fomentan una de las esclavitudes más flagrantes del siglo XXI y que tiene que ver con una percepción capitalista del sexo y mercantilista de la mujer.

Sin embargo sí podemos encontrar en el teatro clásico, con sus tragedias protagonizadas por mujeres poderosas, excelentes oportunidades para reescribir lo que esperamos del papel de la mujer, en definitiva, en la vida misma. Así lo hizo Andrés Lima, de nuevo, en la gran Medea de Aitana Sánchez-Gijón, reivindicando sus virtudes y profundizando en sus motivaciones. Y la misma Aitana lideraba a ese grupo de mujeres Troyanas destinadas a protagonizar las historias que no se cuentan de una guerra en la demoledora adaptación de Carmen Portaceli: el reparto de mujeres y niñas, las violaciones, los asesinatos. La guerra de Troya, de hecho, ha resultado ser una gran fuente de inspiración para muchas autoras y autores. Imposible no acordarse de ese imponente monólogo que firmó Miguel del Arco con Carmen Machi exponiéndose como Helena de Troya al juicio de la humanidad y de los hombres (y que recientemente ha sido adaptado a formato audiovisual por HBO): Juicio a una zorra. E imposible no pensar también en Iphigenia en Vallecas, texto adaptado de la Iphigenia in Splott de Gary Owen sobre la original Iphigenia en Aúlide de Eurípides, que cuenta como la hija de Agamenón se sacrificó como un designio de los dioses para hacer favorable la invasión de la ciudad de Príamo, con la que María Hervás se alzó con dos premios Max.

Quizá el teatro siempre se ha mostrado de algún modo más abierto a otorgarle a la mujer un papel más llamativo, o más potente, pese al plano secundario que ocupan. Así lo expresaba Bárbara Lennie a propósito de Hermanas, protagonizada junto a Irene Escolar y con la que esta última obtuvo una nominación al Max. Podemos revisitar Fuenteovejuna y encontrarnos a una Laurencia empoderada, como ya hizo la incomparable y comprometida Lucía Miranda llevándose la acción a Ciudad Juárez pero manteniendo la misma pregunta: ¿qué hacen los que se consideran hombres buenos cuando violan a una mujer? Una mirada que si avanzamos hasta el presente nos puede devolver al caso de la manada y a la obra de Jordi Casanovas Jauría. La misma Miranda, que desde su compañía The Cross Border Project siempre ha mantenido una inquietud constante por la pedagogía social y especialmente en lo que ha género y sexualidad se refiere, se atrevió incluso a darle una vida nueva a la que quizá sea uno de los primeros personajes feministas de la historia: Nora, la protagonista de Casa de muñecas de Ibsen. Su Nora 1959 se adentraba en las profundidades de las familias del franquismo para entender a las mujeres de la época, nuestras madres y abuelas. Ruth Sánchez y Jessica Belda, con un ánimo más cómico pero igualmente crítico, hicieron lo propio en Españolas, Franco ha muerto con los primeros años de la Transición en un montaje dirigido por Verónica Forqué.

Lucía Miranda, directora de The Cross Border Project

Educar siempre ha sido una de las razones de ser de la obra de Miranda. Educar para reaprender los patrones, las idealizaciones, los conceptos y las formas. Entre su obra nos topamos con laboratorios creativos colaborativos sobre la maternidad (Maternés, una invitación a replantearse los conceptos de maternidad, los relatos en torno al embarazo y el parto, etc.) o sobre la relevancia y la presencia de las mujeres en los mundos de la ciencia y la tecnología (La chica que soñaba, que en el fondo versa sobre los estereotipos de género). Una reflexión desde la que también partió Marta Buchaca para explorar el mundo de la mujer en el deporte y la relevancia que el deporte femenino tiene en la sociedad en Playoff. O Agnès Mateus y Quim Tarrida con el lenguaje: ambos hablaban de desaprender en Rebota, rebota y en tu cara explota, sobre la cantidad de micromachismos que inconscientemente protagonizamos o vemos en nuestro día a día. Volviendo a Mírame, al principio de este texto, nos encontramos de nuevo con esa pregunta sobre la reacción del hombre ante el éxito de una mujer, a la amenaza de la mujer sobre un sistema que se ha esforzado por mantenerla al margen, en la adaptación al castellano de la obra de Dennis Kelly Girls and Boys, Chicas y chicos, firmada por Miranda.

Al final se trata todo de una historia de violencia, más o menos explícita. Una historia que ahora están contando las mujeres. Para que ya no existan más Marías Lejárragas ni tantos nombres de mujeres que se vieron obligadas a relegarse al anonimato, a convertirse en hombres para poder tener un impacto en su realidad. Para que todo sean Laila Ripoll, Marta Buchaca, Paloma Pedrero, Carmen Portaceli, Lucía Miranda, Vanessa Monfort, María Hervás, Lluïsa Cunillé, Cristina Rota, Carla Rovira, Claudia Cesó, Lourdes Ortiz, Marta Pazos, Angélica Lidell, Carolina Román, Itziar Pascual, Lucía Carballal, María Velasco, Denise Despeyroux, Carolina África, Las Niñas de Cádiz, Noelia Adánez, Marta Arán… Y para que esta lista que sigue ampliándose cada vez con más velocidad no sea necesaria. Para que no sea necesario reivindicar nada, para que no tengamos que luchar por una evidencia.