Héctor Alterio fallece a los 96 años

Héctor Alterio fallece a los 96 años

El actor argentino, uno de los más brillantes y representativos de su generación, deja su huella en dos centenares de producciones entre teatro, cine y televisión

Nacido en Buenos Aires de padres molisanos, emigrantes de Italia a principios de siglo, Héctor Benjamín Alterio Onorato (Argentina, 21 de septiembre de 1929) apenas tenía 21 años cuando debutó sobre las tablas para protagonizar Prohibido suicidarse en primavera, una de las obras fundamentales que el español Alejandro Casona escribió durante su exilio en la capital argentina. Y probablemente no imaginó entonces que esa idea de ida y vuelta, atravesada por el exilio y la relación entre Argentina y España, iba a marcar toda su trayectoria, y su vida, desde entonces: en 1975, y amenazado de muerte por el grupo paramilitar anticomunista de extrema derecha Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), decidió mudarse con su mujer y sus dos hijos, Ernesto y Malena Alterio, a Madrid, y allí residió hasta su fallecimiento el pasado 13 de diciembre de 2025, a los 96 años.

Toda una vida que le ha contemplado convertirse en un icono y un referente de la interpretación a este y el otro lado del Charco. Durante sus primeros años en Buenos Aires pasó a formar parte de la vanguardia renovadora del teatro rioplatense como responsable y fundador de la compañía independiente Nuevo Teatro, inspirada en los nuevos movimientos europeos y el teatro español de la Generación del 27. Y después, entre 1965 y 1975, antes de su exilio, dio el salto al cine y puso rostro, también, a su particular renovación en Argentina, apareciendo en películas de Leopoldo Torre Nilsson “Babsy” –El santo de la espada (1970), La maffia (1972), Los siete locos (1973)–, Mario David –La piel del amor (1973), El amor infiel (1973)–, Fernando Ayala –Argentino hasta la muerte (1971)–, Ricardo Wullicher –Quebracho (1974)– o Héctor Olivera –Las venganzas de Beto Sánchez (1973), La Patagonia rebelde (1974)–, todas definitorias de una nueva ola. 

Fue su participación, precisamente, en una de las películas más comprometidas políticamente de Olivera, en la que retrataba los conflictos urbanos-rurales de la llamada "Patagonia trágica", una serie de huelgas de obreros entre 1920 y 1921 que se saldaron con fusilamientos masivos por parte del gobierno, lo que le puso en el punto de mira de la Triple A junto a otros de sus compañeros de generación: la cinta, prohibida sistemáticamente durante los gobiernos golpistas, no solo obligó a muchos al exilio, también se convirtió con los años en un símbolo para el cambio político. Finalmente, durante la promoción de La tregua (Sergio Renán, 1974; había sido la primera película argentina de la historia en ser nominada en los Oscar como Mejor película extranjera) en el Festival de San Sebastián de 1975, decidió permanecer en España, traerse a su familia y no regresar a su país. 

Su compromiso vital y político permaneció, en cualquier caso, inalterable, y durante sus primeros años aquí se relacionó con un nuevo cine de la Democracia con películas como Cría cuervos (Carlos Saura, 1975), Pascual Duarte (Ricardo Franco, 1976), Arriba Hazaña (José María Gutiérrez Santos, 1978) o Asesinato en el Comité Central (Vicente Aranda, 1982), además de afianzar su relación y su amistad con cineastas patrios como Gonzalo Suárez. Los 80 vieron, con la Democracia, su retorno triunfal al cine argentino, y en 1985 llegó allí su primer gran momento como actor global: después de casi rozarlo de nuevo con Camila (María Luisa Bemberg, 1984), La historia oficial, filme de Luis Puenzo que protagoniza, se convierte en la primera cinta argentina en conquistar la estatuilla a la Mejor película de habla no inglesa en los Oscar.

'La historia oficial' (Luis Puenzo, 1985)

Curiosamente, su director de producción será uno de los grandes responsables –junto a Juan José Campanella, que le dio en El hijo de la novia (2002) una de las interpretaciones más memorables de su carrera– de reivindicar a Alterio ya en su madurez, y de afianzar su posición como icono intergeneracional en Argentina. Ya en su primera cinta como director, Tango feroz: la leyenda de Tanguito (1993), Marcelo Piñeyro contó con él para recontar la historia de Tanguito, uno de los pioneros del rock argentino, y desde entonces fue uno de sus actores fetiche: ha participado en Caballos salvajes (1995), en Cenizas del paraíso (1997), en Plata quemada (2000) y en Kamchatka (2002), y después es habitual encontrarse con su hijo Ernesto en toda la obra del cineasta.

Premio Iberoamericano de las Artes Escénicas en 1999 por su trayectoria sobre y detrás de las tablas, Héctor Alterio también recibió en 2005 el Premio Max a la Mejor interpretación masculina de teatro por su papel protagonista en Yo, Claudio, y sus innumerables roles en el cine le han valido también la Concha de Plata al Mejor actor del Festival de San Sebastián, el Goya de Honor o el Cóndor de Plata por toda una vida dedicado a las vidas de otros. Siguió actuando hasta el final, y todavía se encontraba girando por España el que ha terminado siendo su último espectáculo, un testamento vivo de toda su leyenda: Una pequeña historia… que ahora llega a su fin, en paz.